Biografía

Presentación

De Isidora Aguirre Tupper se conoce lo que en general se conoce de otras creadoras mujeres de su época, su obra más importante y, en apariencia, la menos política: “La pérgola de las flores” es el montaje más visto dentro de su producción y de la historia del teatro chileno. Gracias a ella la autora logró reconocimiento nacional, pago por su trabajo, presencia en el extranjero y un lugar en el desarrollo de las artes escénicas chilenas. Pero Isidora Aguirre es muchísimo más que eso. Lo que busca este Archivo es demostrar aquello, ofrecer una versión más completa —y compleja— de su obra, difundir el legado que excede al trabajo más conocido y, de paso, sembrar una de las preguntas que surge al indagar en su archivo personal: ¿por qué solo conocemos “La pérgola de las flores”?

Queremos con este Archivo enfrentar ese silencio. Poner en valor y difundir su legado es un acto de justicia para ella y para sus lectores que, en especial los/as provenientes de Chile, podrán reconocer el país sobre el cual la autora escribió y guardó miles de páginas. Hacemos esa reivindicación poniendo a disposición materiales que demuestran la magnitud de su creación, la exhaustividad de sus procesos de investigación y la profundidad con que abordó la identidad chilena desde sus sujetos y problemas.

Biografía

Isidora Aguirre nació al interior de una familia de clase social alta que desde niña le ofreció un ambiente formativo vinculado al arte y la producción cultural. Fue hija de Fernando Aguirre Errázuriz, ingeniero, de María Tupper Hunneus, pintora, y sobrina de la escritora Ester Hunneus, conocida por el seudónimo de Marcela Paz y la serie de libros Papelucho. Además, su abuela, Isidora Zegers, fue una de las primeras mujeres músicas de las que se tenga registro en Chile. Como joven de familia acomodada, y que creció rodeada de figuras profesionales, Isidora Aguirre tuvo el privilegio de continuar sus estudios más allá de la instrucción secundaria. Estudió trabajo social como muchas chicas de su clase solían hacerlo, se casó –como era la norma- y se fue a vivir a París, igual que otras jóvenes acomodadas de su tiempo, donde tomó clases de teatro y sembró el origen de lo que serían cuatro décadas dedicadas a las artes escénicas y la narrativa.
A comienzos de los años 50 regresó a Chile y entró en contacto con el dramaturgo y director teatral Hugo Miller.

Por esos años Aguirre creó sus primeras obras, como “Carolina” o “Pacto de Medianoche”. En 1959 escribió en conjunto con el narrador chileno Manuel Rojas (“Hijo de ladrón”, 1951; “La oscura vida radiante”, 1971) “Población Esperanza”, su primera obra de marcado carácter social, donde los protagonistas eran hombres y mujeres pobres, urbanos, habitantes de las conocidas y precarias “poblaciones callampas”. Fue también el primer texto para el cual Isidora trabajó como después lo seguiría haciendo: acercándose a las comunidades sobre las que escribía, pasando días completos conversando, tomando notas, buscando noticias y documentos sobre los orígenes y características de esa desigualdad. La muchacha joven, de clase alta, profesional y casada, emprendía el viaje desde su casa a los suburbios, para luego volver a su escritorio con una imagen cercana, no estereotipada y viva sobre aquello que le interesaba mostrar. Con todas esas anotaciones y experiencias en el cuerpo, se ponía a escribir.

“Población Esperanza” fue bien recibida por la crítica. Isidora Aguirre se hizo de un nombre y de un pequeño lugar en el medio de la escena de la dramaturgia nacional, dominada mayoritariamente por hombres. Un año después aceptó un desafío que la consolidó como escritora y le aseguró la subsistencia en un oficio escasamente remunerado. Eugenio Dittborn, del Teatro de Ensayo de la Universidad Católica, llevaba tiempo invitándola a crear una comedia musical sobre las pergoleras de Santiago y la lucha que libraron en los años 20 para no ser sacadas de su tradicional lugar de trabajo: la pérgola de las flores ubicada en la Alameda, al costado de la Iglesia San Francisco. Isidora Aguirre que no sabía ni de comedia musical ni de pergoleras, hizo lo que ya había ensayado en “Población Esperanza”: leyó todo lo que pudo leer sobre el caso, se instruyó sobre la música y formas de hablar de la época, vio fotografías de la moda de fines de los años 20 y se plantó horas junto a las pergoleras a conversar sobre su oficio. Con todo eso creó en tres meses una propuesta que combinó música, entretención, identidad chilena, paisaje urbano, humor y los primeros atisbos de lo que sería después el sello de su teatro, el conflicto entre el poder y los marginados.

Se considera la obra chilena montada más veces en la historia del teatro nacional, fue llevada a la televisión, al cine y hasta hoy, a casi 70 años de su estreno, todavía es una historia vigente e interpretada por compañías teatrales, aficionados y escolares.

Eso es lo que más se conoce de Isidora Aguirre, una obra que a grandes rasgos narra una historia sencilla, con personajes folclóricos, un montaje musical tradicional, pero que es también el enfrentamiento entre quienes detentaban el poder —todos políticos, hombres, de clase alta— y personajes populares, pobres, despojados de su lugar de trabajo, y como si fuera poco, todas mujeres. Eso cuenta “La Pérgola”, una historia aparentemente liviana y despolitizada pero que será de las primeras expresiones artísticas y masivas en que se mostró que las clases bajas podían organizarse en contra de la clase alta.

En los años 60 y paralelamente a las radicales transformaciones sociales que vivían Chile y Latinoamérica, Isidora Aguirre afiló su pluma y agregó a su producción un nuevo desafío: mostrar la vida de otros sectores marginados —indígenas, pobladores, trabajadores de basurales— a través del profundo trabajo de investigación documental y observación en terreno que ya era parte de su estilo. Escribió así obras que mostraban como ninguna otra la vida de miles de personas explotadas, desplazadas, masacradas por su origen de clase o etnia. Así fue la creación “Los Papeleros” y “Los que van quedando en el camino”, textos que forman parte de este archivo digital.

Su compromiso político, influenciado por Bertolt Brecht, se incorporó a principios de los años 70 a la campaña de Salvador Allende con la realización del Teatro Experimental Popular Aficionado (TEPA), taller dirigido a sectores populares que tuvo dos grandes objetivos: acercar la cultura a grupos marginados y educar sobre las transformaciones del gobierno de la Unidad Popular. Con el TEPA Isidora Aguirre no “llevó la cultura” a la clase trabajadora, sino que entregó herramientas a los/as participantes de sus talleres para dialogar en torno a sus problemas, escribir sus propias obras de teatro y después actuarlas en presentaciones barriales ante cientos de personas que nunca habían visto una obra de teatro. Esta iniciativa se desarrolló al alero de la Universidad Técnica del Estado, hoy Universidad de Santiago de Chile, en el marco de programas de extensión universitaria.

Con el golpe cívico militar de 1973, Isidora Aguirre quedó despojada de sus antiguos espacios de trabajo, amistades y compromiso político. Sus compañeros y compañeras actores, actrices, dramaturgos/as, directores/as y militantes fueron detenidos, desaparecidos, exiliados o muertos. No se sabe muy bien qué fue lo que la salvó, pero ella contaba un dato que puede explicarlo: “La pérgola de las flores” gozó de tanta y tan amplia recepción, que mucha gente la consideró una apología a la patria y a la identidad chilena. Dentro de quienes se inclinaron por la interpretación nacionalista y folclórica de la obra, estuvieron algunos militares. Ante los ojos de la Junta Militar y sus cercanos “La pérgola” era una imagen del país, un producto de exportación profundamente chileno y su autora una cultora inofensiva del teatro nacional. Eso decía Isidora Aguirre, que “La pérgola de las flores” la protegió y la mantuvo en Chile relativamente segura, trabajando, aunque mucho más sola y sin el proyecto político en el que ella había creído y por el cual luchó desde el teatro.

Durante los 80 continuó creando. Fue la década que vio nacer su drama “Lautaro. Epopeya del pueblo mapuche”, obra que convocó a gran cantidad público, con Andrés Pérez en el rol protagónico y que volvía a poner en debate el conflicto mapuche. El año 86 salió a la luz “Retablo de Yumbel”, un montaje sobre la persecución de cristianos en el siglo III, pero que hacía alusión también a la represión política de la dictadura chilena y a la ejecución de 19 personas cuyos cuerpos fueron encontrados en la localidad de Yumbel, región del Biobío.

Los años siguientes estuvieron marcados por su trabajo en torno a adaptaciones de clásicos como “Fuente Ovejuna”, y a la escritura de obras de teatro que recuperaban personajes de la historia de Chile y Latinoamérica: los conquistadores Diego de Almagro y Pedro de Valdivia, los libertadores Francisco Miranda, Simón Bolívar y Manuel Rodríguez, el presidente de Chile José Manuel Balmaceda. Algunas de las creaciones de este periodo se estrenaron, pero otras no fueron llevadas a escena. Paralelamente, “La pérgola” seguía siendo interpretada con nuevos elencos y directores.

Hacia los 2000 Isidora Aguirre retomó una idea que hacía tiempo le rondaba: escribir sobre Lota y las consecuencias sociales del término de la explotación del carbón. Nuevamente comenzó un intenso proceso de investigación documental y con más de 80 años viajó hasta Lota para realizar trabajo de investigación. De ese proceso surgió “¡Subiendo último hombre!”, escrita entre 2003 y 2004 y estrenada por el Teatro El Rostro de Concepción.

El 25 de febrero de 2011 Isidora Aguirre murió, no sin antes haber ordenado los miles de documentos relativos a su producción y que convivieron con ella en su departamento de Ñuñoa. Parte de ese Archivo es el que hoy compartimos con ustedes.